Luis, nuestro Cronopio. por Javier Gimeno Perelló
Luis es un auténtico cronopio. Los cronopios son personajes creados por Julio Cortázar, argentino grande e inmortal como Luis, a quien tanto admiraba. Son seres cariñosos y rebeldes, sentimentales, comunicativos, inconformistas, extrovertidos, parlanchines, afectivos. Luis es así. Todo lo contrario que los famas, personajes grises y formales, reaccionarios, planos, tristes.
Como buen cronopio, eres tibio y desgarbado, acogedor y desordenado a la vez, sueles ir dejando sueltos recuerdos y sentimientos, ideas, sueños, pensamientos, allá por donde pasas, de modo que andan por el medio y nosotros vamos tropezándonos con ellos a cada paso. Cuando pasa corriendo alguno de ellos, lo acaricias con suavidad y le dices “no vayas a lastimarte, cuidado con los escalones”.
Fabricaste también un termopómetro, que es una mezcla de termómetro y topómetro, del que tú decías que era un termómetro de vidas, porque mide la temperatura del tiempo y del lugar donde nos hallamos a cada instante. Siempre andabas quejándote de tu termopómetro porque decías que la temperatura que marcaba nunca era la ideal para el momento o el sitio donde nos hallábamos. Algunos pensaban que sólo te quejabas porque eres todo un cronopio.
Para ti el tiempo no es de este mundo. Lo mides con el reloj de los cronopios: el reloj-alcachofa o alcaucil, como decís allá, formado por hojas que son horas. Para saber el tiempo que vivimos no tenemos más que sacarle al reloj una hoja, cualquiera, y así, a medida que el reloj-alcachofa se va quedando sin sus hojas, nos vamos dando cuenta de que el tiempo pasa. Cuando se le acaban todas las hojas, llegamos al corazón del tiempo, donde ya no hay horas, y entonces tú nos preparas el reloj-alcachofa condimentadito con aceite y sal y un chorrito de limón y nos lo comemos bien sabroso.
Reunido un día con los famas de tu sindicato, tú les platicabas no entender cómo el mundo no estaba hecho de la materia de la que están hechos los sueños, cómo los pobres eran tan pobres y los ricos tan pobres que sólo tienen dinero y poder, cómo se mueren al día tantos miles de niños por el hambre y la miseria, cómo ese sindicato no convocaba manifestaciones multitudinarias para tocar el cielo con las manos y hacer que los sueños invadan la realidad. Los famas te miraban perplejos y pensaban para sus adentros, sin atreverse a decir: “Definitivamente, este cronopio se ha vuelto loco de remate”.
Con gran enfado de los famas, cogías de las bibliotecas montones de libros llenos de dibujos de todos los colores para prestárselos a los niños, y que su imaginación desbordara las calles y los parques y las aceras y las esquinas, y sus fantasías se volvieran bellísimas burbujas transparentes de todos los colores con ellos adentro saltando y cantando, y revoloteando como tucanes posándose en sus ramas, llenos de niños los árboles y las bibliotecas.
A menudo buscabas la llave de la puerta de la casa en los bolsillos de tu chaqueta de pana y encontrabas los fósforos, y pensabas que si en vez de la llave estaban los fósforos, y si los fósforos están donde la llave, podía suceder que encontraras el saxofón lleno de rosas, y el florero lleno de pentagramas, y que el mundo entonces podría estar regido por flores y por música. Pero tú sabes que esos pensamientos sólo anidan en las cabezas de los cronopios.
Una mañana te pusiste a lavarte los dientes asomado al balcón, poseído de una grandísima alegría al contemplar el sol radiante de la mañana y las nubes que corrían por el cielo. Alborozado, apretaste con fuerza el dentífrico y la pasta empezó a salir en una larga cinta rosa que desbordó el cepillo y cayó balcón abajo impregnando los sombreros de unos famas que andaban platicando en la calle. Tú continuabas frotándote los dientes lleno de contento y cantando una de tus canciones favoritas. Los famas, indignados, decidieron en ese mismo instante nombrar una delegación para subir a increparte y advertirte de que tendrías que pagar sus sombreros echados a perder y de que el mundo andaba como andaba por tu culpa.
Cuando te hiciste la casa pusiste baldosas en el porche donde se podían leer las siguientes leyendas:
- Bienvenidos los que llegan a este hogar
- La casa es chica, pero el corazón es grande
- La presencia del huésped es suave como el césped
- Somos pobres de verdad, pero no de voluntad
A veces te tratábamos como si fueras un médico cronopio y cuando te llegábamos con dolencias, insomnios o inapetencias siempre nos regalabas flores para curar nuestros males. Los males se curaban. Una mañana paseando por el campo te encontraste una flor solitaria. En un principio pensaste arrancarla pero luego decidiste que era una crueldad inútil y sinsentido, y te pusiste a conversar pausadamente con ella mientras le acariciabas los pétalos, la soplabas para que bailase y olías su perfume, hasta que, sumido en un dulce sopor, te recostaste junto a ella y te dormiste envuelto en una gran placidez. La flor pensó: “Es como una flor”.
Aturdidos por tus palabras que no comprendían, los famas de tu biblioteca te decían: “Luis, no seas cronopio, pon los pies en la tierra”. Y tú, que tampoco entendías sus palabras, fijabas la mirada en sus ojos, levantabas la cabeza y seguías tu camino a la busca de otro tiempo y de otra tierra donde plantar tus pies y tus sueños.
Gracias, querido Luis, querido Cronopio, por tu sencillez, por tu frescura, por tu generosidad, por tu conciencia clara, por tu rebeldía, por abrirnos los ojos. Hasta siempre.
