[Luis] Era una de esas personas que pasan junto a uno y lo cambian sin que él lo sepa y sin que uno se dé cuenta. Tenía el don de la alegría contagiosa... Hace unos años me encontré con unos amigos de aquellos días lejanos en los que parecía que íbamos a cambiar el mundo. Muchos de nosotros pensamos muy distinto que en aquellos días, aunque todos conservamos nuestros ideales y nuestros valores morales... En un momento los miré de lejos y los vi reír otra vez, gritar, burlarnos de la seriedad oprimente, y entonces me di cuenta que lo que nos había unido en el recuerdo y lo que nos unía a nuestras ideas era esa alegría de estar juntos (José Martí decía: juntarse, esa es la palabra del mundo)... Luis era un símbolo de todo eso. Cuando él llegaba a casa mi mujer reía, reía mucho y se convertía en la jovencita de veintialgo de la que me enamoré por primera vez... Luis hacía que su alegría nos juntara, y yo voy a extrañar hasta el infinito su alegría. Para él la revolución era una forma de vida, que tenía la textura de mi barrio, de mis amigos de la escuela, de mis amores adolescentes y de la honradez de mis padres y de mis héroes de novelas de piratas... Cuando yo hablaba con él me parecía estar sentado en la esquina de mi barrio, bajo la ternura de sus sombras, con los pies descalzos, soñando sueños imposibles y compartiendo secretos... No son estas las mejores palabras que podrías leer... porque en realidad sólo tengo una larga ausencia, Javier... que no encuentra vocablos…
Mario Orlando. Buenos Aires

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